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Una isla parada en el tiempo y alejada de los itinerarios turísticos habituales

Si buscas como era la Venecia de hace medio siglo y quieres encontrar algo de paz y silencio, la isla de Pellestrina es el destino perfecto para sumergirte en un mar de tranquilidad.

Hoy, un bonito día soleado con un magnífico cielo azul tras pasar dos días de intensas lluvias y nubarrones, me he subido a un autobús de la línea 11 en dirección a la isla de Pellestrina, que sigue siendo un pequeño rincón paradisiaco natural, que no ha sufrido nada o casi nada las consecuencias del turismo en masa porque está algo apartado y a unas dos horas de viaje.

Partiendo de San Marco, tras una agradable travesía de la laguna, se llega al Lido, donde se puede subir a un autobús de la línea 11, que  lo recorre todo hasta llegar a Alberoni, en el sur. Aquí el autobús sube a una lancha de desembarco que cruza en pocos minutos la entrada del puerto, uno de los accesos a la laguna desde el mar, y llega a Santa María del Mare.

Una vez que el autobús baja de la lancha, recorre todo el litoral de Pellestrina hasta llegar al extremo opuesto, donde se encuentra un servicio regular de vaporettos que une la zona con Chioggia.

A pesar de que en los últimos años esta isla ha supuesto un descubrimiento para el turismo naturalista, en el extremo sur se encuentra el oasis naturalista de Ca’Roman, al que se puede llegar en bicicleta desde la cercana localidad de Chioggia.

Una sucesión de pequeños conglomerados de casas, Portosecco, San Pietro in Volta y se llega al pueblecito de Pellestrina, que da nombre a la isla completa. Un lugar que ha crecido en los últimos tiempos con nuevas edificaciones y donde la principal fuente económica es la pesca, algo que se puede deducir por la interminable y casi ininterrumpida sucesión de botes y barcos pesqueros amarrados en el zona de la laguna.

Lo que impresiona tras pasear un rato por la laguna es el silencio, interrumpido de vez en cuando por el graznido de las gaviotas y por el sonido del agua al romper contra el caso de alguna esporádica y lenta embarcación de paso.

Las charlas de algunos grupitos de mujeres, con su particular y típica forma de hablar, con una cadencia musical, divertida de escuchar y distinta al dialecto que se habla en la ciudad, o los pocos turistas en bici son los únicos sonidos que salpican de un lado a otro el silencio, que reina soberano de una forma casi innatural para los que vienen del caos del tráfico de la ciudad. Mientras tanto en el otro lado, en la playa, solo el sonido de la resaca es alterado por el motor de los pocos coches que pasan por la larga carretera que recorre toda la isla.

Los largos diques (Murazzi), construidos en tiempos lejanos para defender a la población, esconden una playa, protegida y defendida de las obras hechas después de la gran inundación de 1966; natural y salvaje, frecuentada durante la temporada de verano casi exclusivamente por los residentes, sin instalaciones típicas de playa, ni cabinas, ni quioscos ni establecimientos: solo una larga fila de taráis ocultan la vista de la población.

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