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Un sábado en Verona

Uno de los muchos ritos a los que los veroneses no renuncian nunca es a salir al centro el fin de semana, sobre todo el sábado por la tarde. Recorren de arriba abajo la calle principal de tiendas, vía Mazzini, donde a menudo hay tanta gente que hay que moverse a ciegas, como si se estuviera braceando en el agua. Ya sea para ver escaparates o para comprar, los veroneses quedan para tomar una copa con los amigos y terminar la noche con una botella de vino y una buena cena en un restaurante.

Mi sábado por la tarde personal y típico es algo diferente, pero no demasiado. Normalmente empiezo mi ruta por el centro en Dischi Volanti. Hace años, cuando era un niño, la ciudad estaba llena de tiendas de discos independientes, que más tarde desaparecieron con la revolución digital. Todas menos una. Y hay más de una razón para explicar la supervivencia de este cuchitril abarrotado de discos hasta el último rincón: siempre se ha centrado mucho en los vinilos (que hoy se han vuelto poderosamente de moda), incluso en el momento de pleno apogeo de los CD, y se encuentran rarezas que ni siquiera en Internet están disponibles.

Tras salir de la tienda con algo nuevo para escuchar, toca tomar un café. Por suerte, estamos a dos pasos del mejor lugar de la ciudad para disfrutar de un espresso: Tubino (todos los veroneses lo conocen con este nombre, aunque hoy se llama Caffè Borsari). También es un local minúsculo, donde te tienes que beber el café de pie a menos que tengas suerte y encuentres libre una de las tres sillas disponibles. Este negocio es un verdadero y auténtico templo laico del café. Y aunque lo sirvan de miles de formas, a mí me gusta tomarlo negro, hirviendo y sin azúcar, para saborearlo mejor y hasta el fondo.

Cuando llega la hora de cenar, si no es ninguna ocasión especial, me gusta tomarme una pizza con los míos. Verona, como muchas ciudades del norte de Italia con una numerosa comunidad del sur, dispone de una excelente oferta de pizzerías napolitanas. Hay muchas buenas (Leone, Bella Napoli), pero la más famosa y antigua de la ciudad es la pizzería Da Salvatore. También en este caso se trata de un local más bien pequeño en el que hay que esperar un rato para encontrar sitio. Su reputación es merecida, tanto por la decoración (sobre todo las mesitas de resina transparente, pequeñas obras de arte) como por la calidad de las pizzas que, sin embargo, en la carta son “no modificables”.

Si me apetece escuchar algo de música, hay una parada obligatoria muy cerca de la Arena. Le Cantine es una cervecería que recuerda a algunos clubes de jazz de Nueva York. Hay que subir una empinada escalera para acceder al local con bóvedas de ladrillo, en el que se ve enseguida un escenario en el que actúan continuamente algunos de los mejores músicos que pasan por Verona, de jazz, blues, rock, a menudo en torrenciales jam sessions. Las noches de música en directo suelen ser los martes, los viernes y los domingos por la tarde. La especialidad de la casa es la carne a la parrilla, con una espléndida barbacoa a la vista.

Para la clásica última copa no conozco un lugar mejor en Verona que el Frizzante Lab, un local aparentemente anónimo cerca del teatro Ristori. Aquí un cóctel no es una bebida para tomar entre una patata frita y otra; es una pequeña obra de arte que descubrir y saborear, dedicándole el tiempo necesario. Me gusta sentarme en la barra, explorar la magnífica carta en busca de lo que mejor interprete el momento y observar cómo los camareros lo preparan, como si fueran dos chefs en una cocina a la vista. No hay forma mejor de terminar una noche en Verona. Me bebo el último sorbo y sé que de verdad me puedo ir a la cama satisfecho.

 

 

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