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Salies-de-Béarn, mi rincón favorito en Bearne

Salies-de-Béarn, es una pequeña ciudad de los Pirineos Atlánticos que se encuentra bastante cerca de Burdeos. Al final del viaje, nos espera un marco inesperado, el encanto discreto de una ciudad termal y un ambiente sin igual.

Mi descubrimiento de Salies-de-Béarn remonta a hace varios años, tenía que hacer un reportaje en esa zona y pasé en coche por esta ciudad de los Pirineos Atlánticos sin detenerme. Enamorarme de Salies-de-Béarn fue cuestión de unos minutos y pensé que tenía que volver. Desde entonces he vuelto en varias ocasiones y siempre me ha conquistado.

Al principio me encantó el ambiente Belle Epoque de Salies-de-Béarn, con el quiosco de música en la plaza central, sobre la que dan los edificios de finales del siglo XIX: las Termas y el Chalet con su toque árabe. En un lateral de la plaza encontramos el Hotel del Parque. Esta bonita construcción de 1892 es el último hotel construido cuando el termalismo animaba Salies-de Béarn. Su fachada realzada con cerámica le da un aspecto precioso. El interior es impresionante, con su hall inmenso de 54 m de largo por 18 m de alto y su cristalera. Estoy muy orgullosa de poder decir que he subido al tejado con el que fue alcalde en aquel momento y he podido ver la famosa cristalera de cerca.

La primera vez que lo he visitado, estaba gestionado por una asociación que, por un precio reducido, alquilaba a sus miembros las habitaciones que no habían sido rehabilitadas desde hacía décadas y que estaban en un estado lamentable. Pero a pesar de todo quería quedarme allí y me hicieron el favor de aceptarme. El pequeño inconveniente era que un grupo de música bastante conocido en aquel entonces, las Négresses Vertes, daba un concierto al día siguiente y no pude pegar ojo, porque el equipo estuvo instalando en el hall y en las escaleras la conexión y el sonido. Los golpes de martillo y las conversaciones entre los técnicos resonaron durante toda la noche. Daba igual, estaba en el Hotel del Parque. Desde entonces, el establecimiento, que sigue llevando este nombre, ha sido comprado, renovado y ha recuperado su resplandor de antaño. La última vez que dormí allí, tenía una amplia y cómoda habitación.

Partiendo de la plaza central, descubrí, en frente de la antigua estación la Aldea de Bellevue,  un maravilloso conjunto de villas hoteleras edificadas en 1885, dispersadas por un gran parque con caballerizas y piscinas. Pidiendo permiso previo, he podido recorrer los caminos, pero, lamentablemente, no pude visitar los edificios que hoy en día ocupan una institución medicosocial. Antiguamente, Salies era tan conocido que Marcel Proust vino con su familia y Francis y Zelda Scott Fitzgerald vivieron allí. En las laderas de la ciudad, he podido admirar también algunas preciosas fincas de la Aldea de París

En el centro, el toque poético lo da el Saleys, un riachuelo en cuyo cauce se encuentran casas antiguas que adornan la orilla. Pero la historia de Salies-de-Béarn se basa en el descubrimiento, hecho hace siglos, de la sal que traían sus aguas subterráneas y de donde viene su nombre. La leyenda cuenta que un jabalí herido habría escapado a los cazadores, que lo encontraron más tarde cubierto con cristales de sal y bien conservado. Sería el principio de la epopeya de Salies. La explotación de la sal, alimento poco común y precioso, se compartió entre los Salesianos de aquel entonces que constituyeron en 1587 una Corporación de las Part-Prenants, una asociación con unas reglas muy particulares que sigue existiendo actualmente y cuyos derechos se han trasmitidos hasta hoy en día. El museo de la sal es una parada necesaria para quienes deseen conocer estas tradiciones.

El pueblo original, con sus callejones de adoquines y sus casas de antaño, conserva su estilo auténtico. Me encanta pasear por él y mirar las fechas de construcción que suelen estar grabadas encima de las puertas. Además, esta agua, rica en sal, diez veces más salada que el agua de mar, es la que se usa en las termas por sus virtudes curativas. Esta sal es tan específica que ha sido reconocida con una IGP y se utiliza en la elaboración del Jamón de Bayona. Siempre que voy, me llevo unas bolsitas de sal. Por último, algo que he aprendido hace poco y que me conmueve es que un arquitecto húngaro, Jozsef Vago, a quien admiro, pasó sus últimos días en Salies-de-Béarn, y falleció allí. Busqué su tumba en el cementerio y la encontré para rendirle un homenaje.

Localización: Salies-de-Béarn Ver en Google

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