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Un parque, un recuerdo de Nantes

¡Nantes es una ciudad verde! No, no me refiero a la ecología, aunque muchos nanteses se preocupan por preservar el medio ambiente; hablo de los parques y jardines públicos. En Nantes hay 100 parques públicos y suele decirse que todo habitante de Nantes tiene un pequeño trozo de jardín a menos de 300 metros de su casa.

Cada parque alberga una serie de recuerdos para la nantesa que hay en mí. El parque de Procé me recuerda las tardes de mi infancia, de meriendas en la hierba y vueltas en el Baby Bob, la minipista de trineo oculta bajo los árboles. Un auténtico parque londinense en pleno Nantes, con sus grandes céspedes y su pequeña finca, reconvertida en salón de té-brasería.

Otro de mis recuerdos se sitúa en el corazón del parque del Grand Blottereau. Igualmente, cuenta con grandes zonas de césped en las que dormir o leer un libro. Y está repleto de tesoros para los niños, como el templo coreano situado en una colina tras los bambúes. ¡En el Grand Blottereau se organizan a menudo bellas animaciones florales y mercadillos de bicicletas!

Uno de los primeros jardines que se ven al llegar a Nantes es el jardín de las plantas (Jardin des Plantes), situado justo enfrente de la estación. Puede visitarse mientras se espera el tren o nada más llegar a Nantes. En él, el césped está protegido y hay que caminar por los corredores, entre las magnolias centenarias y los pollitos de Claude Ponti. Veremos cabritos e invernaderos ancestrales. Y es posible disfrutar del sol para chapotear en el agua como los patos o para saborear una menta en el café de L’Orangerie.

El último jardín que se ha rehabilitado en la ciudad de Nantes se encuentra en lo alto del distrito de Chantenay. El parque de los Oblatos es un remanso de paz, donde las ovejas se acercan a los niños mientras estos se entretienen con juegos de madera.

Pero el más inusual es, sin duda, el de la Isla de Versalles, de inspiración japonesa. Como se halla a dos pasos del tranvía que conecta con el campus universitario, pasé largas tardes en él, estudiando para los exámenes a la sombra de los sauces.

Mi lugar favorito, sin embargo, sigue siendo la rosaleda del parque floral de la Beaujoire, por sus flores multicolor, su embriagador olor a rosas y el río Erdre y sus patos al lado. Y es, principalmente, el parque que ha visto a mis hijos crecer, jugar en la arena, aprender a pedalear solos, en fin, donde ellos crean también sus propios recuerdos…

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