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La Ciudad de invierno de Arcachón

La Bahía de Arcachón, situada a unos sesenta kilómetros de Burdeos y resguardada del océano Atlántico, constituye un enclave protegido de las grandes turbulencias. Sin embargo, sus “Passes”, canales por los que se realiza el intercambio de agua entre la bahía y el Atlántico al ritmo de las mareas, son especialmente peligrosos.

La bahía está bordeada, en todo su contorno, por playas que atraen tanto a bordeleses como a turistas. Por ello, prefiero abandonar las costas demasiado frecuentadas para mi gusto y descubrir otras muchas riquezas, en un ambiente más reservado y apacible. En Arcachón, la ciudad que da nombre a la bahía, me deleito paseando por la Ciudad de invierno. De hecho, fue este barrio el que convirtió al pueblo pesquero de Arcachón en una elegante ciudad balnearia de renombre. La Ciudad de invierno se creó principalmente entre 1862 y 1910 sobre un conjunto ondulado de dunas cerca de la estación.

No es de extrañar, ya que esta urbanización fue construida por la Société Immobilière d’Arcachon (Sociedad Inmobiliaria de Arcachón), filial de la Compagnie du Midi (Compañía del Mediodía) que llevó el ferrocarril a Arcachón en 1857 y construyó la estación en 1864. Estas iniciativas se llevaron a cabo gracias a los banqueros hermanos Péreire. Otro motor importante para la creación de la Ciudad de invierno fueron los médicos, quienes aconsejaban su clima revitalizante a personas frágiles y enfermos de tuberculosis.

Me encanta pasear por las sombreadas y serpenteantes callejuelas de la Ciudad de invierno que muestran, al fondo de sus jardines, suntuosos y originales chalés en los que abundan torretas, torreones, voladizos, volúmenes escalonados, galerías exteriores y balcones con antepechos labrados de madera. Un conjunto arquitectónico único y un patrimonio del siglo XIX perfectamente conservado. Me entretengo contemplando sus inspirados nombres: villa Faust, villa Marguerite, villa Toledo, villa Alexandre Dumas, villa l’Ensoleillée, villa la Vigie, villa Montretout, villa Giroflé o villa Brémontier, por ejemplo, en honor al ingeniero que encontró el método de fijar la arena de las dunas.

Cada vez que voy, siento la tentación de recorrer la pequeña pasarela de Saint-Paul, que franquea la calle que pasa por debajo y une el monte Saint-Paul con el monte Sainte-Cécile. Hay que precisar que monte es el nombre pomposo que se le ha dado a estas dos dunas. Mi gran pesar es que el Casino Mauresque, particularmente exótico y recargado, fuese destruido en 1977 por un incendio.

Antes de irme de Arcachón, me paseo por la costa, compro algunas ostras y hago una parada en O Sorbet d’Amour para degustar un rico helado, en la tienda próxima al Casino, no para jugar, sino para contemplar la arquitectura del Château Deganne en el que está instalado.

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