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La Ciudad Episcopal de Albi

Se llega fácilmente a Albi por carretera (hay que pasar por los viñedos de Gaillac, merece la pena) o en tren: las viñas ya empiezan a escasear cuando aparece, majestuosa, la silueta de 40 metros de altura del campanario de Santa Cecilia recortado contra el cielo. En el corazón de la ciudad encontramos, convenientemente y en el mismo emplazamiento, la Catedral de Santa Cecilia, la Oficina de turismo y el Museo Toulouse-Lautrec: al entrar en el patio del Museo giraremos a la izquierda para acceder a unos sublimes jardines franceses que nos ofrecerán unas vistas de Albi y el Tarn, el río que baña la ciudad y que a veces se desboca, que harán que merezca la pena el rodeo.

Una Catedral gótica

La Catedral de Santa Cecilia es la catedral de ladrillo más grande del Mundo: su construcción se inició en 1282 (duró dos siglos). Debía testimoniar, en tanto que País Cátaro, el poder del obispo y ser símbolo de la victoria de la Iglesia Católica sobre la herejía, aunque manteniendo una apariencia modesta: la magnificencia del interior contrasta con la austeridad casi militar de su exterior.

No me canso de admirar sus techos pintados (originales), sus frescos de vocación pedagógica (había que prometer el Paraíso al pueblo haciendo que temiese el Infierno) y su tribuna finamente esculpida.

Un centro urbano medieval

Al salir de la Catedral, entramos en una pequeña galería que nos lleva al antiguo camino de la ronda, en el barrio más antiguo de Albi. Las fachadas de ladrillo son admirables: ¡Albi se merece el sobrenombre de «Villa rosa» que ostenta Toulouse!

Los Romanos, ya en el siglo I, observaron que el Tarn es rico en arcilla: instalaron talleres en los márgenes en los que se daba forma a los ladrillos a mano.

La tradición ha perdurado.

Para limitar los riesgos de incendio, durante la Edad Media se alejaron los hornos de la ciudad (estaban situados en la actual Plaza de Vigan) y los ladrillos, aún sin cocer, eran transportados mediante una auténtica cadena humana, de mano en mano: esto explica las marcas de dedos que encontramos en algunos de ellos (sí, de verdad: acercaos y miradlos de cerca). ¿Algunos ladrillos son negros? ¡Están demasiado cocidos! ¿Otros se han roto? ¡No estaban suficientemente cocidos! Podemos admirar mientras volvemos a bajar los entramados y voladizos de las fachadas, increíblemente bien conservados. En el centro de la ciudad abundan las habitaciones de huéspedes ¡situadas en casas muy antiguas restauradas con mucho gusto! La Oficina de turismo os facilitará las direcciones con gusto (pasear por Albi por la noche es muy romántico).

Un claustro relajante

El centro de la ciudad de Albi está lleno de multitud de pequeños pasajes secretos, de patios y callejuelas discretas: me encanta vagar por ellas, al azar, durante mis paseos para perderme y salir en cualquier otro lugar. Por ejemplo, justo al lado de Santa Cecilia, disimulado al fondo de un pasaje franqueado por dos tiendas, el Claustro de Saint Salvi es una auténtica maravilla, pura calma y serenidad, un lugar ideal para hacer una pausa, abrir un libro o dejarse llevar por una ensoñación: pertenece a la iglesia más antigua de Albi, de estilo románico y encastrada entre las casas que la rodean.

Una mesa para descubrir los vinos de Gaillac

Un poco alejado de las calles peatonales, La Table du Sommelier es mi restaurante albigense preferido: siempre he comido bien, en el bar o en la terraza (con una vista panorámica del centro urbano medieval), y me gusta armonizar cada plato que pido con el vino que mejor lo acompañe. Es la mejor manera de descubrir la región vinícola, con los comentarios de sumilleres eméritos enamorados de su región: ¡es una cita obligada tan gastronómica como cultural!

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