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La ciudad del vino

Con la Cité du Vin, Burdeos pretende ensalzar el vino, pero no solo el vino de Burdeos: se trata de un enfoque cultural e internacional.

Como todos los bordeleses, estaba impaciente por descubrir la famosa Cité du Vin de la que tanto habíamos oído hablar estos últimos años. El primer contacto fue con su arquitectura exterior, creada por la agencia XTU, que no deja impasible a nadie. A orillas del río Garona, el edificio en forma de torbellino evoca el vino girando en una copa, aunque a mí me recordó más bien a un simpático caracol gigante con su caparazón dorado brillando al sol. Se accede a él o bien a través de los muelles en coche o en tranvía, o bien por el río. En barco, el recorrido es mucho más lúdico y romántico.

Aquí, en lugar de audioguía, hay un acompañante que habla ocho lenguas. La interacción es permanente. O se le detecta al entrar en cada zona y se inicia solo, o hay que apoyarlo contra un punto de contacto y se lanza una animación. La visita no tiene un sentido concreto, uno puede ir a su aire y volver atrás cuando quiera.

La vuelta al mundo de los viñedos, cerca de la entrada, es espectacular, con su proyección en tres pantallas gigantes y en el suelo de paisajes vitícolas del mundo entero. La mesa de las distintas comarcas con 50 viticultores hablando sobre su pasión es muy instructiva. Las seis botellas gigantes de madera, evocando las distintas categorías de vino, me parecieron muy didácticas. Con la mano pude visualizar y desplazarme por la información de la mesa táctil con la que está equipada cada una de ellas. En el banquete de hombres ilustres, escuché a Voltaire, Napoleón I o Colette hablarme de su gusto por el vino.

En el recorrido histórico, se pueden tocar reproducciones de ánforas u otros objetos relacionados con el vino, y también asistir a escenas en miniatura en cajitas de madera. Más técnicas, las metamorfosis del vino se describen en pantallas insertadas en unas estructuras de acero inoxidable de colores o madera, con unas formas retorcidas y llenas de volúmenes. Me parecieron muy convincentes las mesas, en medio de una total oscuridad, donde me encontré cara a cara con la chef Hélène Darroze explicando cómo entiende ella el arte de vivir. Realmente tuve la sensación de que hablaba conmigo. También estaban presentes otros personajes conocidos.

Sin embargo, lo que más me divirtió fue el buffet de los cinco sentidos, sobre todo las enormes campanas de cristal: cada una de ellas tenía dentro un objeto (un guante de cuero, regaliz, papeles viejos, café, limón o miel) cuyo aroma puede encontrarse en el vino. Tras apretar una perilla, hay que meter la nariz en una trompa de cobre y se empiezan a recibir los efluvios. Es una forma muy lúdica de educar el olfato. Se tratan muchos otros temas más en la Cité du Vin, entre ellos el vino de Burdeos, su historia, su cultura y sus avances. Para terminar, subí al mirador, con un techo de botellas, desde donde contemplé unas vistas panorámicas de todo Burdeos.

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