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La Catania inesperada

A mis 26 años, puedo decir que no conozco la fiesta de Catania. Siempre me han contado historias sobre que esta ciudad era la Milán del sur, la Seattle de Europa: se tocaba música en directo en todos los rincones, solo se bailaba rock y el estadio se llenaba para un concierto de los Rem, que venían a la ciudad gracias a un productor discográfico catanés. Para que conste: ese concierto del que hablo – era el año 1995– lo abrían los desconocidos Radiohead, y el resto es historia. De esa ciudad no tengo ningún recuerdo. Sin embargo, me gusta mucho un local que ahora está casi siempre vacío y en el que hace tiempo iba a cantar Carmen Consoli cuando todavía nadie imaginaba que llegaría hasta Nueva York, con esa voz y ese acento.

La «radiante Catania» de esos años fue sustituida, mientras tanto, por otra ciudad. Dividida entre quien mira con nostalgia al pasado y quien, en cambio, reinventa todos los días el futuro. Y es esta la Catania que prefiero, la que por la noche se encuentra en los mismos lugares. Pero no como hace un tiempo, cuando salir significaba ir a la plaza Teatro Massimo. Ahora está lleno de pequeñas calles y otras tantas pequeñas plazas plagadas de personas. Barriles minúsculos para vinos buenos, o para cervezas artesanales, o para lo que prefieras. Porque de todas maneras, con esta nueva fiesta democrática y segmentada, hay opciones para todos los gustos.

Via Santa Filomena

Si hay que hablar de gusto, entonces comenzamos con la calle gourmet de Catania. Metafórica y literalmente en boca de todos. Uno cerca del otro, negocio tras negocio, en via Santa Filomena están casi todos los mejores restaurantes de la ciudad. O, al menos, los que responden a las tendencias del último periodo: japonés, cocina fast food deluxe, productos típicos con una presentación nueva y un gran plato de envergadura. En via Santa Filomena está la sala de té con muffins y cheesecake, el negocio de las albóndigas, la hamburguesería de renombre – de tal éxito que ha abierto también en Palermo -, la pizzería más famosa y el sushi bar para llevar. Todo en un espacio chiquitín para vivir (aplausos a quien haya pillado la cita de Disney) que, después de la cena, cambia de cara y llena los dos bares con mesitas fuera y la cerveza a buen precio.

Plazoleta Goliarda Sapienza

Bienvenidos a San Berillo, el renacer de un barrio En San Berillo hay una comisión de ciudadanos que hace muchísimas cosas, un museo como un oasis y la plazoleta Goliarda Sapienza, dedicada a la poetisa y escritora que dedicó sus mejores años a ese barrio. Hace poco, en esa plaza, ahora hermosa gracias a la pintura de un artista, abrió un local. Pasé por allí una noche, después de haber comido en un restaurante vegano cerca de allí, y había tanta gente que causaba impresión. Pensé: «¿Has visto lo que puede hacer un buen barrio cuando crees en él?».

Plaza Federico di Svevia (zona Castillo Ursino)

Aquí nosotros diríamos «‘na iuta e du sivvizza». Que sería algo así como «Matar dos pájaros de un tiro». O, como en el caso de la zona del Castillo Ursino, más de dos. Mientras tanto se va a ver el Castillo del rey que lo mandó construir, Federico de Svevia. Es un museo y dentro organizan bonitas exposiciones. Después se sale por la entrada principal y se va más allá de la carretera, a la derecha. Allí donde las aceras están delimitadas por cubiertas de coche pintadas y usadas como jardines urbanos. Esta zona, desde hace un tiempo, se llama Piazza dei Libri, la plaza de los libros. La creó una asociación cultural que realiza actividades en el barrio y se llama Gammazita: si te fijas bien, es una biblioteca al aire libre. Llegas, coges un libro, te sientas en los palés, lees un rato y te puedes ir. Sin embargo, si llegas de noche, difícilmente encuentres sitio. Hay quien, incluso, se lleva la silla de casa. Y lo más bonito es saber que eso antes era un aparcamiento abusivo, y ahora si la gente se queda de pie no es por los coches.

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