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Génova a través de los ojos de nuestro embajador

Génova no existe. No existe a los ojos de quien pasea por sus calles, porque no es una ciudad, es un ser cambiante. Intenta perderte en alguna calle genovesa. No lo conseguirás. Porque Génova son muchos sentimientos superpuestos, porque focaccia y capuchino son solo una forma que tenemos nosotros, los genoveses, de simplificar un concepto que simple no es. Porque contarte que el atardecer en Boccadesse o desde Spianata Castelletto es único no es suficiente. Nosotros te lo contamos para que puedas decir “¡estuve ahí!”. Pero no es así. Génova es una vida, tan diferente y tan compleja. Con historias que desembocan en pura leyenda, con calles enteras que revelan historias gloriosas hoy perdidas, pero solo quien sepa pasear en silencio por plaza Sarzano y sus recovecos, en los días ventosos de noviembre, con el cielo que parece de cristal, sabrá reconocer el Atlántico. Y quien sea capaz de bajar las escalinatas de Marassi, sin buscar la belleza, sabrá conmoverse. Desde la estación de Nervi a la primera entrada en el paseo, no te preguntes si vale la pena hacer una foto. Pregúntate dónde estuviste allí, con tu corazón, hace tantos años, cuando te enamoraste aquel día de verano. Pregúntatelo en silencio, tal vez escuchando una música de fondo, porque la respuesta está dentro de ti. Génova no existe porque no es una ciudad. Aquí no se celebra la maravilla, aquí se es. Déjate llevar.

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