Cordouan, el faro de los reyes

Si la principal misión del faro de Cordouan era proteger la desembocadura del estuario de Gironda, hace ya tiempo que dejó atrás un cometido tan puramente funcional. Su arquitectura hace de él un edificio único que atrae a los visitantes.

El faro de Cordouan, que en su día era conocido como “faro de los reyes”, acaba de ser nombrado “Faro del año 2019” por la Asociación Internacional de Señalización Marítima, que otorga por primera vez este título con motivo del Día Mundial de las Ayudas a la Navegación. Además, Francia ha enviado este año la propuesta para que el faro de Cordouan sea reconocido como Patrimonio Mundial de la Humanidad en 2020. Además de la creación de un comité de apoyo, Cordouan también recibe ayuda a través de las redes sociales con la etiqueta #UNESCORDOUAN.





Y es que este extraordinario edificio bien se merece tal reconocimiento. Resulta difícil imaginar que esta construcción, ubicada en medio del mar y apenas visible desde la costa, se haya construido con tanto esmero. Este faro de piedra esculpida fue un encargo que Enrique III le hizo en 1584 al ingeniero y arquitecto Louis de Foix. Se terminó de construir en 1611, pero entre 1786 y 1789 se retomó la obra para añadirle 20 metros más. De este modo, alcanzó una altura de 67,50 metros. Otra curiosidad es que se trata del único faro del mundo en el mar que ha estado habitado continuamente por vigilantes y que se puede visitar.

Existen dos opciones para llegar hasta allí: desde Port Médoc en Gironda, con La Bohème, o desde Royan en Charente-Maritime, al otro lado del estuario, con La Sirène. Las visitas tienen lugar cuando la marea está baja, por lo que los horarios varían. Yo zarpé desde Port Médoc, a ocho kilómetros de distancia del faro, en un barco con capacidad para unos cien pasajeros. Poco antes de llegar, bajé al transbordador acuático que me dejó justo delante de la puerta de entrada al faro. El transbordador repite el trayecto desde el barco varias veces hasta llevar a todos los visitantes. Al regresar, como la marea había seguido bajando, seguí un camino de cemento de varios cientos de metros que va desde el faro y que no se veía cuando llegué. Fui saltando entre charcos y piedras hasta llegar al transbordador, que nos esperaba en un banco de arena, antes de volver a embarcar de vuelta a Port Médoc.



Durante la visita, disfruté de este monumento único sometido a restauraciones continuas para sobrevivir al desgaste provocado por el mar y el viento. Me animé a subir los 301 escalones y en cada nivel descubrí lo mucho que el faro tiene para ofrecer: el vestíbulo en cuya esquina reconocí la antigua habitación de los vigilantes o la estancia del rey, en la que por cierto jamás estuvo ninguno. El hecho de que esculpiesen las iniciales MTL, en referencia a Luis XIV y María Teresa de Austria, no fue suficiente para que la monarquía se pasase por allí. Más arriba se encuentra la capilla, decorada con suelos pavimentados de mármol de Sainte-Anne, pilastras corintias y vidrieras. Allí se pueden apreciar los monogramas de Enrique III y Enrique IV, así como el busto de Louis de Foix. En ella todavía se celebran algunas misas. La sala de los girondinos se creó cuando se amplió la torre. Su larga escalera de piedra sorprende por su amplitud en un edificio como este. Más adelante está el cuarto de luces, donde se almacena el equipo de iluminación y, justo antes de llegar a la pasarela para admirar las vistas, está la vieja sala de trabajo de los vigilantes. De forma redonda y con madera del suelo al techo, en ella también se encuentra su escritorio. Al bajar, pasé por la estancia del ingeniero, que está completamente artesonada en roble y se encuentra en la corona del faro, en la planta baja. La visita al faro de Cordouan ofrece un pequeño paseo por el mar y un gran viaje en el tiempo.



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