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Burdeos, de plaza en plaza

Las plazas tienen un papel unificador en las ciudades. Son puntos de convergencia de calles y avenidas, referencias fáciles y lugares de encuentro de niños y mayores, amantes y turistas, ideales para tomarse un descanso, que caracterizan ciudades y barrios. Además, me consta que tienden tendencia a evolucionar: aparecen o desaparecen estatuas o fuentes, que transforman el diseño de la plaza.

En Burdeos, plazas no faltan, pero mi selección personal tiene que ver con mis costumbres, mis pequeñas manías y mis recuerdos. Algunas de estas plazas son muy conocidas; otras, algo menos. La Place de la Bourse (plaza de la Bolsa) es, sin duda, la plaza de referencia de Burdeos. Lo tiene todo: amplitud, majestuosidad y una ubicación con vistas al río Garona y al Espejo de agua, convertido en lugar imprescindible para divertirse, refrescarse o hacerse un selfie. El centro de la plaza está ocupado por una fuente inspirada en las Tres gracias, que sustituyó a la escultura de Luis XV, destruida en 1792 durante la Revolución francesa. No me canso de contemplar las fachadas dieciochescas, de piedra rubia, diseñadas por Gabriel, que rodean esta plaza en semicírculo.

La plaza Gambetta ha perdido parte de su aura en los últimos años, al convertirse en una rotonda de autobuses. Pero no he olvidado cuánto me maravillaban las grandes carpas que nadaban en su arroyo cuando las seguía con la vista desde un pequeño puente. Luego solía tomar un cruasán de piñones en Darricau, chocolatería que aún existe, pero su salón de té y sus cruasanes han desaparecido. Al salir, iba a echar un vistazo al «hito del km cero», adosado discretamente a la fachada del nº 10. Este es el centro oficial de Burdeos, es decir, el centro del mundo para mí de pequeña.

Pero «mi» plaza es sin duda la plaza de los Mártires de la Resistencia. A pesar de estar en el centro de Burdeos, no es frecuentada por los turistas. Aunque es rica en patrimonio, ya que alberga la iglesia de Saint-Seurin, no es por eso que la adoro tanto. De pequeña, la cruzaba cuatro veces al día para ir a la escuela y volver a casa. En aquella época, aún era conocida como «alamedas Damour», nombre que me parecía muy poético y que yo deletreaba en mi cabeza como «d’amour» (de amor). Allí estaba la estatua de mi héroe Vercingétorix, el glorioso galo que luchó contra los romanos. Después desapareció. También había una charca, actualmente reemplazada por una zona de juegos triviales, en la que yo hacía navegar mi barquito rojiblanco. Cada primavera montaban la feria de Saint-Fort, dedicada a las flores. Entonces me sentaban sobre la tumba de Saint-Fort, en la cripta de la iglesia de Saint-Seurin, para que no cayera enferma en todo el año.

Por último, más tarde descubrí la plaza Amédée-Larrieu, ¡una maravilla! Sin embargo, es menos conocida por los bordeleses y no recibe turistas. Es un conjunto Art Nouveau inusual en Burdeos, con una antigua reja de hierro forjado en volutas digna de Horta y una fuente de Raoul Verlet, bautizada como la Burdigala, totalmente impresionante, que comprende una ninfa en un barco, tritones, querubines, tortugas y otros animales, así como una mujer, alegoría de la vid (Burdeos obliga).

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