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Abbadia, un castillo de ensueño en los Pirineos Atlánticos

Hay edificios que enamoran. Y el Castillo de Abbadia es uno de ellos. Nada más verlo, mi imaginación echó a volar. Esta construcción que domina el océano desde un lugar apartado del acantilado sorprende al visitante, incluso si ya ha oído hablar de él o con más motivo si lo ve de casualidad.

Descubrí el Castillo de Abbadia un día de invierno. Aunque estaba cerrado, la originalidad de este lugar apartado, con todas sus torres y almenas, rodeado por la bruma que ascendía desde el mar y por los verdes prados donde pastaban las ovejas, me cautivó a más no poder. En cuestión de segundos, sentí como me transportaba muy lejos de Hendaya y del País Vasco francés para aterrizar en Escocia o en Irlanda. Como ya he dicho, el castillo estaba cerrado, algo que despertó todavía más mi curiosidad y me hizo regresar allí.

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Menos misterioso bajo el sol, el Castillo de Abbadia conserva un halo de intriga tanto por su arquitectura como por su ubicación y su pasado. En pleno verano, con kilómetros de coches de turistas en caravana hacia las playas del Atlántico, a unos metros de estas carreteras colapsadas, en el aparcamiento del castillo únicamente había unos cuantos coches.

Allí solo estaban personas interesadas en este monumento, cada una adueñándose de una parte del parque y de los prados que lo rodean para estudiar las curiosidades de su exterior mientras disfrutaban de la brisa y la tranquilidad del lugar. Al dar una vuelta por el castillo, me percaté de la original colección de animales que había: cocodrilos en la entrada, galgos y ranas en los bancos del porche, un ratón apresado por un gato, una cabeza de elefante en la esquina de una torre, una serpiente enrollada en una pared, conchas en la barandilla de un balcón, caracoles en la cima de los muros o monos en los tejados.

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El espíritu y la fantasía del castillo se entienden al descubrir que fue construido entre 1864 y 1884 por el célebre arquitecto Eugène Viollet-le-Duc en un estilo neogótico para Antoine d’Abbadie, un estrafalario erudito nacido en Irlanda (Dublín 1810 – París 1901), quien viajaba por todo el mundo para saciar sus ansias de conocimiento y contribuir al avance de la ciencia como etnólogo, lingüista, cartógrafo y astrónomo.

La decoración interior también es sorprendente, con una mezcla de mobiliario de Edmond Duthoit, una distribución de estilo Napoleón III, con toques étnicos y recuerdos traídos de tierras lejanas que evocan los viajes de su propietario y de su esposa, Virginie de Saint-Bonnet, quien lo acompañó en todos sus periplos tras su matrimonio. El vestíbulo, con sus frescos de inspiración etíope, es impactante. El castillo también alberga una biblioteca y un observatorio, en el que destaca el telescopio meridiano decimal, construido en 1879. El matrimonio tenía como vecino a Pierre Loti, quien solía visitarlos con frecuencia. En el Castillo de Abbadia, que fue cedido a la Academia de las Ciencias en 1895, también existe una capilla donde están enterrados Antoine y Virginie.

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