Lanzarote tiene algo diferente que va más allá de lo que se pueda encontrar en un destino de sol y playa.

Lanzarote es la isla más septentrional y oriental del archipiélago canario. Aunque su extensión no supera los 800 kilómetros cuadrados, la diversidad de sus paisajes no pasa inadvertida. Las erupciones volcánicas de los siglos XVIII y XIX le han conferido una fisionomía espectacular, con una forma y una belleza de un carácter singular. Paisajes insólitos, formados por cuevas volcánicas, lagos de lava y cráteres, a cuyos lados se extienden playas de arena dorada y aguas transparentes.

Al sur, destacan las calas de Papagayo y, al norte, las playas de Famara y Caletón Blanco. Sin olvidar las maravillosas playas que bordean las zonas turísticas: Costa Teguise, Playa Blanca y Puerto del Carmen, así como las playas naturales de las isla de La Graciosa, que son realmente impresionantes.

Lanzarote es una isla volcánica donde el paisaje cambia de color a cada paso, donde la naturaleza y el arte van de la mano para hacer gala de los valores duraderos. En pleno centro del parque nacional de Timanfaya, se encuentran las Montañas del Fuego, un lugar que brinda la oportunidad de admirar un paisaje espectacular, comprobar con tus propios ojos la actividad volcánica y degustar platos únicos, cocinados al calor del volcán en el restaurante El Diablo.

Y no podemos terminar sin mencionar la agradable climatología del lugar; una temperatura media anual de unos 22 ºC hace de Lanzarote el destino ideal para practicar todo tipo de deportes al aire libre.